El maltrato a los niños en las diferentes culturas y sociedades ha constituido una constante a lo largo del tiempo. Es una cuestión particularmente peligrosa y de relativa aceptación social. En el texto se realizara un breve análisis de las principales implicaciones de este problema multifacético, así como de algunas cuestiones referentes a ella que a menudo resultan polémicas.
El maltrato a menores es un fenómeno que posee muchas causas que comúnmente son difíciles de identificar, en buena medida esta característica a originado que el maltrato a menores este presente en todas las culturas. Sin embargo este problema no siempre ha presentado los mismos grados de manifestación. Por el contrario es un problema que parece tener la peculiaridad de adaptarse a cada periodo de tiempo, reestructurándose y reorganizándose a tal grado de ser más o menos compatible y acorde con las características ideológicas que preponderantes en dichos periodos de la historia.
Una cuestión que ha propiciado este problema social ha sido que el maltrato es considerado como uno de los métodos más efectivos para educar, corregir y sancionar a los niños en las diferentes culturas. Esto crea un panorama en el cual los padres o encargados de la tutela del niño recurren al maltrato psicológico o físico en el afán de suministrarles las normas y pautas morales. En este sentido el accionar de los padres termina siendo contradictorio con los objetivos que teóricamente y en el papel deberían perseguir. Puesto que lejos de brindarles las concepciones adecuadas de las cuestiones sociales, ocasionan en los niños una visión bien distorsionada y ambigua de la función de la sociedad.
Como se ha venido manejando en el texto el maltrato y abuso a menor abarca una gran cantidad de manifestaciones, presentes por supuesto en cada uno de los sedimentos de las sociedades modernas. Entre las principales formas de maltrato fundamentadas y reconocidas se encuentran: las agresiones corporales o físicas, las agresiones psíquicas o psicológicas, maltrato por negligencia, abuso sexual y maltrato por abandono. Cada una de ellas presenta características plenamente identificables por el sentido denotativo que les confieren las palabras que las componen.
Las formas de maltrato a menores se tipifican a menudo como pasivas y activas.
El maltrato activo engloba a todas aquellas acciones, actitudes y comportamientos que atentan directamente contra la integridad del niño. Son ejemplos de maltrato activo las amenazas, humillaciones, insultos, rechazos, burlas, intimidaciones, criticas, golpes, etc. Por su parte el maltrato pasivo se manifiesta con la negligencia o incumplimiento de ciertas necesidades indispensables para el niño como la seguridad, el afecto, la alimentación y la interacción.
Una característica que comparten en común estas manifestaciones es que poseen un potencial nocivo para los niños puesto que priva a los niños de sus derechos y bienestar, a la vez que representan un serio peligro para el desarrollo físico, psíquico y social del niño. En este sentido es común que alguna manifestación del maltrato a menores conlleve a la manifestación de otra, es decir, difícilmente se puede presentar algún tipo de maltrato infantil sin que exista otra. En este sentido un niño que es sometido a la agresión física muy probablemente presentara también secuelas psicológicas. De tal forma que el maltrato en si mismo origina, de cierta forma, condiciones propicias para la aparición de otras formas de maltrato.
Sin embargo en los últimos años ha surgido un especial interés hacia la cuestión del abuso sexual. Pese a que en siglos y décadas anteriores este era un problema relativamente desconocido e ignorado, no se tienen los suficientes referentes teóricos y objetivos que permitan una comprensión cabal de este problema de incumbencia social.
Para iniciar con esta cuestión sería conveniente considerar y partir de la premisa de es la sociedad quien en cierta forma condiciona a sus integrantes realizar estos tipos de acciones. Mediante los estereotipos y atribuciones que les brindan a cada sexo incitan determinados patrones de conductas que en ocasiones resultan en el nivel más extremo de manifestación en conductas que atentan o denigran la integridad de otros individuos de la misma sociedad.
Como las formas de maltrato, el abuso sexual posee muchos factores que le confieren permisividad. Iniciando por el ambiente oculto y aislado en donde por lo general se desenvuelven estos problemas, en este sentido el abuso sexual puede permanecer largo tiempo sin conocer la luz. Esto a su vez facilitado por la característica de que en la mayoría de los casos los adultos perpetradores del abuso posee algún tipo de relación consanguínea con el menor, ante los cual el agredido posee muy pocas posibilidades de revelarse puesto que depende socialmente del adulto. Así pues, el niño siente un temor respecto a las implicaciones que representaría delatar a su agresor filial.
Ante esta problemática han surgido una gran cantidad de instituciones sociales que buscan defender incesantemente los derechos de los niños, obteniendo consecuentemente logros significativos, más no suficientes. El principal problema del abuso sexual a menores radica tal vez en los diferentes niveles de manifestación de este problema, en ocasiones son muy sutiles y prácticamente inidentificables. Los agresores sexuales pueden en este sentido ocultar sus perversas intenciones en gestos, formas de mirar y de tocar, caricias e insinuaciones verbales para gratificarse.
Los datos con los que se disponen acerca del abuso sexual son notablemente limitados y recientes. Dado que hasta hace unas décadas atrás este no era considerado abiertamente como un problema social. Las cifras del abuso sexual son erróneas y hasta cierto punto especulativas, de tal forma que no se tienen los parámetros adecuados para identificar la dimensión real de este problema.
Otra cuestión que posee características convergentes a las plasmadas anteriormente es la situación del niño trabajador. Clásicamente se ha considerado una buena opción incorporar a los niños al campo laboral con la finalidad de conferirles enseñanzas, organización y disciplina; a la vez de poder fungir como medio de incorporación a las pautas sociales. Sin embargo cuando el trabajo obliga a los niños a permanecer en condiciones indignas, peligrosas e insalubres; además de recibir remuneraciones inexistentes, se estará presentando el problema de la explotación laboral infantil. En ocasiones estos problemas son paliados por los mismos padres que deliberadamente consienten las posturas asumidas por los jefes de los menores. Esto es potencialmente peligroso ya que cuando la familia exige o incita al niño a trabajar desaparece la imagen que debe representar la familia, esto es, una fuente de protección y seguridad social. En estas situaciones el niño se ve sometido a una situación de presión por saberse poseedor de una necesidad por sobrevivir.
De tal forma que el niño en lugar de involucrase en cuestiones referentes al periodo de vida que atraviesa tiene que adoptar las preocupaciones de la vida de los adultos, esto evidentemente genera anomalías en su desarrollo intelectual. La verdadera cuestión radica en la forma de poder salvaguardar la integridad del niño, sin que este accionar repercuta en su capacidad de sobrevivir.
Todas estas formas de formas de maltrato supondrán en el futuro serias huellas en los niños, que a su vez los limitaran en el momento de asumirse como hombre o mujer. Estas situaciones ponen en riesgo el desarrollo de los niños al desarrollar en ellos un panorama confuso y contradictorio.
Es evidente entonces que todos los sectores de la sociedad necesitan ser capaces de identificar plenamente todos los niveles de manifestación del maltrato y abuso infantil, en la medida que lo anterior se logre se afianzará la eventual erradicación de este serio problema social.